Paula terminó vendiendo la casa que tanto había presumido. Parte del precio se destinó a restituir dinero al fideicomiso conforme al acuerdo alcanzado con el banco. Se mudó a un departamento rentado con Regina y aceptó un trabajo administrativo. Iván participó en la crianza, pero decidió no volver a vivir con ella. Paula me escribió una carta meses después; por primera vez no culpaba a nuestros padres de todo.
«Sabía que tu firma no estaba en los papeles porque te escuché negarte. Elegí creerles porque me convenía. También me reí y me quedé quieta junto a la alberca. No sé si podrás perdonarme».
No contesté de inmediato. Guardé la carta sin enseñársela a mis tíos, que seguían pidiéndome que dejara atrás los problemas. Había reconocido una verdad importante, pero reconocerla no hacía seguro que volviera a entrar en mi vida.