Mi propia madre me golpeó en el vientre porque me negué a darle $240,000 pesos, y caí a la alberca con ocho meses de embarazo. Mientras me hundía, mi padre gritó: “Déjenla ahí”. No dije nada cuando desperté en el hospital, pero al revisar un correo del banco descubrí algo que cambiaría para siempre el destino de toda mi familia…

Paula terminó vendiendo la casa que tanto había presumido. Parte del precio se destinó a restituir dinero al fideicomiso conforme al acuerdo alcanzado con el banco. Se mudó a un departamento rentado con Regina y aceptó un trabajo administrativo. Iván participó en la crianza, pero decidió no volver a vivir con ella. Paula me escribió una carta meses después; por primera vez no culpaba a nuestros padres de todo.

«Sabía que tu firma no estaba en los papeles porque te escuché negarte. Elegí creerles porque me convenía. También me reí y me quedé quieta junto a la alberca. No sé si podrás perdonarme».

No contesté de inmediato. Guardé la carta sin enseñársela a mis tíos, que seguían pidiéndome que dejara atrás los problemas. Había reconocido una verdad importante, pero reconocerla no hacía seguro que volviera a entrar en mi vida.

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