Por primera vez comprendí que aquella familia escondía algo mucho más grave que unas cuantas mentiras sobre dinero.
PARTE 2
—¿Contarles qué, Ricardo? —pregunté—. ¿Que llevas dos años viviendo de mis ahorros mientras tu esposa se avergüenza de mí?
Mi hijo guardó silencio.
Fernanda le arrebató el teléfono.
—Doña Elena, está poniendo en peligro mi negocio por un comentario que interpretó mal. Necesitamos ese dinero. Hay proveedores esperando y varios clientes importantes confirmaron su asistencia.
—Entonces págales con las ganancias de tu negocio.
—¡Usted sabe perfectamente que todavía estamos creciendo!
—Llevas más de dos años diciéndome lo mismo.
Escuché cómo respiraba con fuerza.
—Si cancela todo de golpe, también perjudicará a Ricardo.
—Ricardo tiene cuarenta años. Es momento de que aprenda a pagar sus propias cuentas.
Colgué antes de escuchar otra amenaza.
Durante las siguientes veinticuatro horas recibí diecisiete llamadas y varios mensajes.