Entonces recordé una factura que Ricardo me había enviado meses antes.
Me pidió seis mil ochocientos pesos para reparar un problema urgente con la calefacción de la casa.
Busqué el comprobante.
La empresa no reparaba calentadores.
Vendía sistemas de aromatización para residencias de lujo.
Sentí un vacío en el estómago.
Mi hijo me había pedido dinero para evitar una emergencia que nunca existió.
Y yo se lo había entregado sin preguntar.
Volví al banco.
Cancelé las cuatro transferencias automáticas.
Después guardé los comprobantes en una carpeta.
No llamé a Ricardo.
No discutí con Fernanda.
Pero dos días después, a las ocho de la mañana, mi hijo me telefoneó furioso.
—¡Mamá! ¿Qué hiciste con el dinero? ¡Fernanda ya comprometió los pagos de la cena!
Y entonces escuché a mi nuera gritar detrás de él:
—¡Dile que si no deposita hoy, vamos a tener que contarles a todos lo que realmente está pasando!