—Firma el visto bueno. Esta operación me convertirá en gerente —me ordenó.
—Entonces más te conviene que las cifras sean verdaderas.
Renata, sentada junto a él, se rio de mí.
—Te molesta que me haya quedado con tu novio. No confundas celos con auditoría.
—Tus facturas no son correctas por el simple hecho de que tú seas rica —contesté—. Cuando entregues los soportes, las revisaré igual que las de cualquier proveedor.
Durante días, Rodrigo me envió documentos a última hora, cambió las versiones y me amenazó con una evaluación negativa. Conservé los correos y contesté solamente por los canales oficiales. Daniel me aconsejaba prudencia: no bastaba con saber que algo estaba mal, había que demostrarlo sin divulgar información reservada. Nunca me ofreció una orden para despedir a nadie, y empecé a quererlo también por esa forma de respetarme.
En el vestíbulo, Beatriz volvió a interceptarme. Acababa de visitar a su hijo y presumía que Renata celebraría una boda de lujo.