Meses después organizamos una pequeña celebración familiar cerca de Tepatitlán, en el patio de mis padres. Daniel ayudó a acomodar las mesas, conversó con los vecinos y lavó platos junto a mi padre. Mi madre, que tanto había temido por mí, lo abrazó cuando lo vio servirme comida antes que a sí mismo. Llevaba un vestido claro, sin manchas ni recuerdos amargos. El vestido que Beatriz había arruinado, una vez restaurado, lo doné.
Bajo las luces del patio, Daniel me preguntó si cambiaría algo de nuestro comienzo.
—Solo una cosa —le respondí—. No volvería a pedir matrimonio movida por la rabia. Pero volvería a elegirte después de conocerte.
Él apretó mi mano. Recordé el techo del estacionamiento, la lluvia y el impermeable que me ofreció cuando todos parecían haberme dado la espalda. Aprendí que mi valor no dependía de casarme con un directivo ni de provocar el arrepentimiento de mi ex. Dependía de conservar mi dignidad cuando alguien quiso ponerle precio. Porque quien te ama no te exige que te hagas pequeña para que él pueda sentirse grande