—Mariana, tú lo amaste durante seis años. No permitas que le arruinen la vida.
—¿Recuerda cuando derramó vino sobre mi vestido y dijo que mis padres no tenían categoría? —pregunté.
Bajó los ojos y empezó a llorar.
—Me equivoqué. Perdóname.
—Puede arrepentirse, Beatriz. Pero el arrepentimiento no borra facturas falsas ni devuelve el dinero. Rodrigo necesita abogados, no un favor de mi esposo.
Semanas después encontré a Rodrigo bajo la lluvia, frente al edificio. Llevaba una carpeta de documentos y parecía haber envejecido diez años. Me pidió ayuda para conseguir un acuerdo económico más favorable. Luego dijo algo que me hizo sentir una tristeza inesperada.
—Si no hubiera cancelado nuestra boda, nada de esto habría pasado. Tú siempre me detenías antes de cometer estupideces.
—No soy responsable de vigilar tu conciencia —contesté—. Elegiste engañarme. También elegiste firmar aquellos papeles.