La pulsera de Lorena.
Esa misma noche, Rodrigo llegó con unos documentos y una sonrisa.
—Mi amor, quiero que firmes esto. Así podré aprobar contratos sin molestarte durante los próximos seis meses.
Era una ampliación extraordinaria de sus facultades como director.
—¿Por qué tanta prisa?
Su sonrisa desapareció.
—¿Ya no confías en tu marido?
Lo miré fijamente.
—Quiero revisarlo con mi padre.
Durante unos segundos pareció enfurecerse. Después cambió de actitud.
Al día siguiente apareció con flores, me invitó a desayunar y volvió a tratarme como cuando éramos novios.
Comprendí que necesitaba mi firma.
Tres días después se acercaba nuestro octavo aniversario de bodas.
Decidí organizar una cena íntima en casa, solamente con Rodrigo, sus padres y Lorena.
Mi esposo estaba encantado.
Mi amiga aceptó inmediatamente.
Aquella noche, los cinco nos sentamos alrededor de la mesa.
Mi suegra habló de la familia, Lorena sirvió las bebidas y Rodrigo me tomó la mano delante de todos.