Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

Había recibido 760 mil pesos provenientes de la venta de nuestra antigua casa.

También había firmado un acuerdo aceptando esa cantidad a cambio de no oponerse a la operación.

Pero lo peor era su declaración original.

No se había limitado a firmar algo preparado por el abogado.

Había añadido acusaciones de su propia letra.

Aseguraba que yo había golpeado a mi padre contra un refrigerador y que lo vigilaba durante las noches.

—Teresa no vino a ayudarte por arrepentimiento —me dijo Daniela—. Vino porque dejaron de pagarle.

Sentí una vergüenza terrible al comprender que había vuelto a confiar en ella.

La llevé ante mi tía Julia, esta vez con pruebas. Julia leyó la declaración y terminó llorando.

Aceptó testificar que nunca había presenciado aquellas amenazas y que también le habían negado las visitas.

Sin embargo, el juzgado rechazó nuestra solicitud urgente de inspección.

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