Había recibido 760 mil pesos provenientes de la venta de nuestra antigua casa.
También había firmado un acuerdo aceptando esa cantidad a cambio de no oponerse a la operación.
Pero lo peor era su declaración original.
No se había limitado a firmar algo preparado por el abogado.
Había añadido acusaciones de su propia letra.
Aseguraba que yo había golpeado a mi padre contra un refrigerador y que lo vigilaba durante las noches.
—Teresa no vino a ayudarte por arrepentimiento —me dijo Daniela—. Vino porque dejaron de pagarle.
Sentí una vergüenza terrible al comprender que había vuelto a confiar en ella.
La llevé ante mi tía Julia, esta vez con pruebas. Julia leyó la declaración y terminó llorando.
Aceptó testificar que nunca había presenciado aquellas amenazas y que también le habían negado las visitas.
Sin embargo, el juzgado rechazó nuestra solicitud urgente de inspección.