Mi tía Julia también colaboró.
Al principio quería que mi padre se mudara inmediatamente a nuestra casa.
Pero los médicos nos explicaron que necesitaba atención profesional constante.
Encontramos una residencia pequeña, limpia y cercana, donde podíamos visitarlo libremente.
Vendí mi motocicleta para cubrir algunos gastos iniciales.
Lucía reorganizó sus horarios de trabajo.
Julia comenzó a visitarlo cada domingo y siempre llevaba alguna comida que pudiera disfrutar según las indicaciones médicas.
Una tarde, mientras lo ayudaba a acomodarse en el jardín, mi padre señaló mi reloj.
Era el mismo reloj viejo que me regaló cuando cumplí quince años.
Lo había conservado durante todo ese tiempo.
—¿Te acuerdas? —le pregunté.
Sonrió débilmente.
Después levantó un dedo y señaló su corazón.
No necesitaba palabras.
Comprendí que, pese a todo lo ocurrido, todavía conservábamos algo que Teresa nunca había conseguido destruir.