Pero el dinero no fue lo que más me dolió.
Fue lo que descubrimos sobre aquellos catorce años de silencio.
Mi tía Julia se presentó en casa con una caja vieja de fotografías y cartas.
Me explicó que la había encontrado entre unas pertenencias que mi padre le entregó antes de enfermar.
Dentro había fotografías de mis primeros días de escuela, dibujos infantiles y una tarjeta de cumpleaños dirigida a mí.
Nunca había sido enviada.
Estaba fechada dos años después de que Teresa me echara de casa.
La abrí con las manos temblorosas.
Mi padre había escrito:
«Rafa, no entiendo por qué te fuiste sin despedirte. Teresa dice que necesitas tiempo. Quiero que sepas que esta siempre será tu casa. Te extraño, hijo».
Leí aquellas palabras una y otra vez.
No entendía.
Durante catorce años había creído que mi padre no soportaba verme.