Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Respiré profundamente.

—Tienes razón. Ya no voy a estorbarles.

Colgué.

Aquella noche llamé a don Ernesto, presidente de la cooperativa.

—Necesito que otro conductor maneje la unidad 27 de una a seis de la tarde. Mauricio conservará los demás turnos.

Don Ernesto guardó silencio.

—¿Estás segura, Elena?

—Completamente. Necesito llegar a mis terapias.

Tres días después, Patricia y Teresa irrumpieron en mi departamento, furiosas porque los compañeros taxistas habían descubierto que Mauricio había abandonado a su propia madre.

—¡Lo humillaste delante de todos! —gritó Patricia.

Pero antes de que pudiera responder, sonó su celular.

Era Mauricio.

Mi hijo lloraba desconsoladamente desde la clínica.

Patricia activó accidentalmente el altavoz.

Y escuchamos algo que ninguna de las tres esperaba:

—Patricia, tenemos un problema muy grave. Necesito confesarte algo sobre la casa donde vivimos. Esa casa nunca ha sido mía.

La sonrisa de Teresa desapareció.

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