Conocía prácticamente todas las calles de la ciudad. Durante décadas ayudé a conductores perdidos, envié unidades para recoger enfermos y tranquilicé a personas desesperadas que necesitaban llegar a un hospital.
Nunca imaginé que terminaría siendo yo quien esperara inútilmente un automóvil.
Mi esposo, don Ricardo, había sido taxista. Conducía la unidad 27 de nuestra cooperativa, Radio Taxi Jalisco.
Cuando murió de un infarto en 2016, nuestro hijo Mauricio continuó trabajando con ese vehículo.
El automóvil y los derechos correspondientes seguían registrados a mi nombre, pero jamás le cobré por utilizarlos.
Incluso le presté mi casa familiar, una vivienda de una sola planta en la colonia Jardines del Sur, para que viviera cómodamente con Patricia, su esposa, y nuestra nieta Sofía.
Yo me mudé a un departamento pequeño, en un segundo piso sin elevador.
Pensaba que los hijos necesitaban oportunidades, no deudas.