Durante los días siguientes, vivimos una angustia insoportable.
Daniel apenas dormía. Cada vez que sonaba el teléfono, pensaba que alguien del supermercado llamaría para despedirlo definitivamente.
Una noche, mientras cenábamos, dejó el tenedor sobre la mesa y me preguntó:
—Mamá, si ellos creen que soy malo, ¿significa que ya no soy una buena persona?
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Me levanté, me senté a su lado y le tomé el rostro entre las manos.
—Escúchame bien, Daniel. Que alguien te acuse de algo no significa que sea verdad. Tu valor no depende de lo que diga un gerente. Tú sabes lo que has hecho y yo también te conozco.
Él me abrazó.
—Yo solo quiero volver a trabajar, mamá. Echo de menos a mis compañeros.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier insulto.
No quería venganza. No quería que nadie sufriera.