Tomás tenía veintidós años. Vivía en Puebla, reparaba equipos de cómputo y había pasado cinco años intentando que alguien tomara en serio la denuncia de su madre. Lucía estaba viva. Había salido del país después de escapar de una clínica privada en Morelos y todavía temía que la localizaran.
—Mi mamá no desapareció porque quisiera —dijo—. La mantuvieron once días sin poder comunicarse conmigo. Cuando logró salir, creyó que yo estaría más seguro lejos de ella.
Tomás mostró fotografías de hojas, pero Irene le pidió conservar los originales y entregarlos formalmente. Entre los documentos había un correo impreso de Teresa a Lorenzo Vela, enviado cinco años atrás, con una lista de personas que podían ayudar a la fundación a obtener mejores contratos y disimular irregularidades. Mi nombre aparecía junto a mi antiguo puesto en la Fiscalía.