Mi esposo me rompió dos costillas mientras sonreía y, horas después, fingió ser el marido perfecto en el hospital. “Diles que te caíste”, me susurró. No discutí. Cuando el médico vio mis heridas durante tres segundos, le mostré las pruebas que llevaba ocho meses escondiendo. Lo que encontró podía destruir no sólo a mi esposo, sino a toda su poderosa familia.

—Debí denunciarlo fuera del hospital —admitió—. No lo hice por miedo a perder mi trabajo.

Le pregunté dónde estaba Lucía.

—No lo sé. Pero antes de desaparecer dejó una carta que guardé entre mis papeles.

—“Si usan mi nombre para encerrar a otra mujer, busquen a mi hijo Tomás”.

Clara abrió su bolso con manos temblorosas. Desde esa mañana circulaba en redes una nota diciendo que Mauricio había llevado a su esposa al hospital por una crisis nerviosa. Ahora su teléfono recibía un mensaje desde Puebla. El remitente decía llamarse Tomás Paredes.

“Mi mamá vio la noticia de Daniela. Tengo la prueba de que su esposo la eligió antes de conocerla. Pero si quieren verla, no se la enseñen a Teresa”.

PARTE 3

Lo primero que hice fue pedirle a Clara que no contestara el mensaje desde su teléfono personal. Le escribimos a Tomás por medio de Irene y acordamos una videollamada desde la fiscalía. No quería repetir el error de confiar en una historia sólo porque explicaba mis sospechas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *