Cuando Teresa cuestionó mis copias, las autoridades ya habían obtenido documentos directamente de bancos, proveedores y la fundación. Yo había indicado dónde buscar; los investigadores comprobaron los hechos por su cuenta.
El momento que más temí no fue declarar ante un juez. Fue sentarme en una sala de audiencia y ver a Mauricio a pocos metros, con su madre detrás de él. Mi garganta ya había sanado, pero la sensación de sus manos seguía despertándome algunas noches.
En la audiencia relacionada con la violencia, su defensa insistió en que yo había provocado una discusión al revisar asuntos privados. Cuando me permitieron declarar, conté cómo ocurrió el ataque sin exagerar una sola lesión. Expliqué las amenazas previas, las citas con Vela y la solicitud psiquiátrica redactada antes de que llegara al hospital.
—Me preguntaron muchas veces por qué me quedé —dije—. Yo también me lo pregunté. Pero mi permanencia no le daba permiso para golpearme, y ser su esposa no le daba derecho a hablar en mi nombre.