Mi padre la había convencido de que un varón salvaría su matrimonio.
No fue así.
El día de su funeral, él estaba celebrando el nacimiento del hijo que había tenido con otra mujer.
Todavía recuerdo que fui a buscarlo y sus guardias me impidieron entrar.
Me senté en la banqueta y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Entonces apareció un muchacho en bicicleta.
Era Sebastián.
Se había detenido al verme con las rodillas raspadas. Me compró unas curitas y me acompañó hasta casa.
Aquella pequeña muestra de cariño se convirtió en uno de los recuerdos más importantes de mi vida.
Con el tiempo nos hicimos novios.
Yo lo amé porque creí que jamás se parecería a mi padre.
Qué equivocada estaba.
Frente a la tumba de mi madre comprendí que había repetido su historia: intentar conservar a un hombre ofreciéndole un hijo.