Pero existía algo que él desconocía.
A los veintitrés años había heredado una fortuna familiar. En lugar de presumirla, había creado una sociedad de inversiones administrada por profesionales.
Esa sociedad financiaba varios negocios, incluidos algunos relacionados con las empresas de Sebastián.
Él conocía a los directivos, pero nunca investigó quién estaba detrás del capital.
Yo nunca se lo dije porque quería que me amara por lo que era, no por lo que tenía.
Ahora, sin embargo, ese secreto podía protegerme.
—No vamos a inventar ningún delito —le advertí a Arturo—. Quiero que investiguen lo que realmente hizo.
Mi abogado asintió.
—Tenemos contratos, transferencias y facturas. Si se comprueban las irregularidades, tendrá que responder ante las autoridades.
Antes de regresar a casa, fui al cementerio donde descansaba mi madre.
Murió cuando yo tenía diez años, después de intentar tener otro hijo pese a las advertencias médicas.