Camila tenía siete semanas de embarazo.
Comprendí entonces que Sebastián jamás había terminado aquella relación. Su supuesto regreso a nuestra familia había sido una mentira.
Pero Arturo todavía no había terminado.
—Tu esposo lleva meses moviendo recursos entre empresas. Encontramos facturas de operaciones que probablemente nunca existieron y préstamos difíciles de justificar.
—¿Está quebrado?
—No exactamente. Está intentando que parezca que no tiene nada.
Miré las transferencias.
Reconocí una empresa que yo misma había financiado años atrás.
—¿Y nuestra casa?
Arturo bajó la mirada.
—Eso es lo peor.
Abrió otro expediente.
La residencia donde habíamos vivido durante siete años estaba escriturada a nombre de Sebastián porque así se había estructurado la compra, aunque yo había aportado gran parte del dinero.
Según los documentos, la había vendido recientemente a una sociedad.