Ya lo sabía antes de que siguiera hablando.
Volví a la habitación de Warren y me senté a su lado.
“¿Cuánto tiempo?”.
Me miró a la cara.
“Te lo han dicho”.
Asentí con la cabeza.
Me tomó la mano.
“¿Cuánto tiempo?”.
“No lo saben”.
“Necesito que me ayudes con algo”.
Soltó una risita débil.
“A los médicos les encanta decir eso”.
Entonces me eché a llorar.
Warren no lo hizo.
En cambio, me apretó los dedos y dijo: “Necesito que me ayudes con algo”.
“Quiero donar mis pulmones”.
“Lo que sea”.
“Quiero donar mis pulmones”.
Me quedé mirándolo fijamente.
“¿Cuando te mueras?”.
“Sí. Pero quiero que se los den a alguien en concreto”.
Fruncí el ceño.
“¿Quién es Mallory?”.
“¿Quién?”.
Miró hacia la ventana.
“Se llama Mallory”.