Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

Tomás entregó mi instrucción firmada. Patricia y Gabriela rechazaron la segunda autorización. El banco retuvo la transferencia. Al día siguiente, el consejo celebró una sesión extraordinaria y revocó los poderes bancarios de Julián.

Los mil doscientos millones no salieron. Recuperar los ciento ochenta y seis millones ya desviados sería otra batalla.

—Ganamos tiempo —dijo Tomás cuando regresó a verme.

—Tiempo para demostrar quién lo hizo. No confundamos eso con justicia.

En Hidalgo, los peritos excavaron durante una semana. Bajo la losa hallaron restos humanos y una maleta deteriorada, con una placa grabada: E. O. Había una credencial y ropa. Esperaron las pruebas de identidad.

La genética confirmó que era Elisa. Su cráneo mostraba una lesión por un posible golpe. Nunca viajó a España.

El albañil conservaba la factura que Tomás había encontrado en un litigio mercantil. Declaró que Julián ordenó cerrar el aljibe de madrugada. Beatriz supervisó la obra y pagó un extra, confirmado parcialmente por una transferencia.

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