Beatriz comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
—Él me explicó lo necesario.
—Parece que sabes más de sus negocios que cualquier madre.
—He trabajado en bienes raíces.
—¿Dónde?
—En distintas empresas.
—Dime 1.
Beatriz se acercó.
—No tienes derecho a interrogarme.
—Quieres que entregue mi patrimonio a una empresa vinculada con tu hijo. Tengo todo el derecho.
—Tu patrimonio no te hace especial.
—Nunca dije que lo hiciera.
—Sin Adrián seguirías sola en esa casa, hablando con las fotografías de tu padre.
Adrián tomó a Beatriz del brazo.
—Basta.
Ella se soltó.
—No. Ya estamos cansados de fingir paciencia con una mujer que se cree más inteligente que todos.
Elena sintió que el transmisor presionaba contra su piel.
—¿Fingir paciencia?
Adrián miró a Beatriz.
La advertencia llegó tarde.
—Sabes a qué me refiero —dijo ella—. Llevamos meses soportando sus dudas, sus cambios de humor y esa obsesión ridícula con revisar cada papel.