—A mí me decía que vivía atrapada en la muerte de mi padre —respondió Elena.
Patricia asintió.
—Uno te hiere y el otro te consuela. Así funcionan.
—¿Cómo terminó?
—El banco llamó. Las cuentas estaban vacías y la imprenta garantizaba un crédito que nunca recibimos. Cuando llegué a casa, Tomás y su tía ya no estaban.
Patricia perdió el negocio y la vivienda usada como garantía.
—Te sentirás tonta durante un tiempo —dijo—. Luego vendrá la rabia. Después quizá no sientas nada.
—¿Y qué viene después?
—Cosas pequeñas. Un café que vuelve a saber bien. Una noche en la que duermes sin revisar la puerta. Un momento en que cuentas lo ocurrido sin bajar la voz.
Víctor envió 3 cartas desde prisión.
Elena dejó las primeras 2 cerradas durante semanas. Cuando finalmente leyó la primera, encontró la misma manipulación disfrazada de ternura.