Cada mañana, el cuervo despertaba con los primeros rayos del sol. Se sacudía las gotas de rocío de sus alas y se posaba en la rama más alta del viejo roble. Desde allí observaba el mundo. Siempre fijaba su mirada en ella: la paloma blanca, delicada, con un canto suave que parecía sanar el aire. Volaba cerca del suelo, rodeada de los animales del bosque que la admiraban y celebraban. “Qué hermosa es”, decían. “Qué paz transmite”.
Desde su altura, el cuervo se encogía, no por envidia, sino por una sensación profunda de no pertenecer. Nadie lo llamaba hermoso, nadie lo esperaba, nadie lo escuchaba. Sus pensamientos se volvieron cada vez más pesados.
El deseo de ser otro
Con el tiempo, el cuervo comenzó a dudar de sí mismo. Empezó a ver su sombra no como parte natural de su ser, sino como una carga. Soñaba con tener las alas suaves de la paloma, su luz, su canto. Y entonces, tomó una decisión que marcaría su vida: intentaría parecerse a ella.