Aquel día perdí la oportunidad de abrazar por primera vez a mi nieto.
Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida.
Pero también fue el día en que comprendí que, si quería conservar algo de mí misma, tenía que dejar de pagar el precio de una paz familiar que solamente existía mientras yo mantenía la cartera abierta.
Y aunque todavía me duela, no me arrepiento de haber recuperado mi dignidad.