¿Hasta que necesitaran otro préstamo?
¿Hasta que yo ya no tuviera ahorros?
Había pasado tantos años intentando ser una buena madre que había olvidado que también tenía derecho a vivir mi propia vida.
Dos días después, recibí una llamada inesperada.
Era Leticia, la madre de Renata.
—Elena, necesitamos hablar.
Su tono era seco.
—Te escucho.
—Estás actuando de manera muy cruel. Mi hija acaba de tener un bebé.
—Lo sé, Leticia.
—No puedes quitarles la casa en un momento así.
—No se la estoy quitando. Nunca fue suya. Les estoy dando tiempo para encontrar otro lugar.
—Pero están pasando por una situación económica muy difícil.
—¿Y por qué no los recibes tú temporalmente?
Hubo un silencio incómodo.
—Mi departamento está en remodelación.
—Puedes ayudarlos a pagar una renta mientras terminan.
—Yo no tengo por qué mantener a dos adultos.