Y mi maternidad nunca había dependido de una firma falsificada.
Apagué la luz principal y dejé encendida una pequeña lámpara junto a la puerta.
Antes de salir, escuché a Esperanza moverse en su cuna.
Regresé y le acomodé la manta.
Sus pequeños dedos se cerraron alrededor de los míos.
Un año atrás, Rodrigo había pensado que podía decidir a quién pertenecían mis hijos.
Aquella noche, mientras escuchaba sus 3 respiraciones tranquilas, comprendí que había algo que él jamás conseguiría comprar, vender ni falsificar.
El amor que nos había mantenido juntos desde el primer latido.