Esperanza comenzó a reír cuando le acaricié la mejilla.
Me quedé observándolos.
Recordé aquel viernes en Polanco.
Las ecografías cayendo al suelo.
La voz de Rodrigo diciendo que mi única utilidad era llevar a sus hijos en el vientre.
Recordé los contratos falsos, el miedo a perderlos y aquellas noches en las que no sabía si los 3 sobrevivirían.
Entonces miré la manta amarilla sobre la cuna.
Pensé en Daniela, en sus padres, en las otras mujeres engañadas y en todas las personas que se negaron a permitir que Rodrigo decidiera por nosotros.
Todavía había procesos legales pendientes.
Todavía existían preguntas que quizás nunca tendrían una respuesta satisfactoria.
Pero había una verdad que ya nadie podía cambiar.
Mis hijos no eran mercancía.
Mi cuerpo no había sido un instrumento que alguien pudiera utilizar y después descartar.