En el banco pidió cancelar la tarjeta que Brenda usaba para la despensa y revisar sus movimientos. Había pagos de ropa, restaurantes y abonos a una tarjeta de mi cuñada. Exigiría explicaciones.
Le mostré mis depósitos. Mi abuelo los contó despacio.
—Setenta y dos mil pesos. Y a mí me decía que tú apenas llamabas.
—Debí comprobarlo antes —reconocí.
—Y yo debí preguntar por qué dejaron de llegar mis estados de cuenta a la casa.
Los dos habíamos confiado en Iván. Nos habíamos equivocado.
Abrí una libreta y tracé la cronología: tres noches concedidas en octubre, un cuarto rentado por meses, pagos que Brenda recibía y recibos que Ernesto seguía cubriendo solo. No sabía todavía cuánto había ganado mi cuñada. Sí sabía que su versión tenía contradicciones comprobables. Mi abuelo revisó conmigo cada fecha y corrigió dos errores que yo había anotado.