La casa olía a hotel. Sobre la cama seguía la colcha azul, manchada de café. Ernesto acarició una costura de su esposa y rompió a llorar.
No intenté consolarlo con frases bonitas. Me senté junto a él hasta que levantó la cabeza.
—Tráeme el desarmador plano, el del mango rojo.
Lo encontré colgado en su lugar de siempre, en la pared de herramientas. Ernesto caminó conmigo hasta la puerta de la cochera y me pidió quitar el pasador. Solté los tornillos uno por uno y se los entregué. Él guardó el metal en una lata.
—Aquí no se vuelve a encerrar a nadie —dijo.
Después quise organizarle las medicinas y contratar ayuda sin consultarlo. Me frenó la segunda mañana.
—Lucía, necesito compañía, no una jefa.
Acordamos una auxiliar tres mañanas por semana, pagada con su pensión. Las cuentas quedarían bajo su control. Pusimos luces y barras de apoyo. Nunca volvió a dormir en la cochera.