—Gracias, doña Teresa. No arregló usted los cables, pero nos resolvió la noche.
Me quedé pensando en aquella frase.
Durante años había confundido ser útil con hacer todo por los demás.
Ahora entendía que también se podía ayudar reconociendo los propios límites.
El examen final llegó a finales de marzo.
Éramos doce alumnos.
Once jóvenes y una mujer de sesenta y un años que había sacado dinero de sus ahorros funerarios para pagar la capacitación.
Cuando abrí aquel sobre, semanas antes, decía con mi propia letra:
«Para cuando me muera».
Lo había mirado durante varios minutos.
Después tomé el dinero y murmuré:
—Para morirme todavía falta. Para vivir, no puedo seguir esperando.
En el examen práctico nos evaluaron sobre seguridad, identificación de fallas, protección de circuitos y procedimientos correctos de instalación.