Después visitamos la casa de los tejocotes, ya con rampa y sin goteras. Inés prendió la luz de la cocina y luego la de la sala. En una pared colgaba la fotografía de su madre con la muñeca roja.
—Tía, cuando sea grande, ¿puedo quedarme con esta casa aunque no quiera vivir aquí siempre?
—Claro. Es tuya. No tienes que demostrarle a nadie que la mereces.
—Entonces voy a decidirlo después. Ahorita quiero regresar contigo.
Al cerrar, Mercedes nos esperaba con el pan. Por primera vez, Inés salió sin preguntarse si alguien volvería por ella. Yo seguí preguntándome cuántos habrían creído a Esteban solo porque llevaba un documento que decía que era su tutor.
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