Durante semanas Inés me pidió que dejara encendida una lámpara junto a su cama. Algunas noches me llamaba solo para comprobar que seguía ahí. Otras preguntaba si su mamá habría podido impedir aquello. Yo no le ofrecía respuestas bonitas: le decía que Marina la había querido y que ahora había adultos dispuestos a escucharla, incluso cuando no pudiera decir lo que sentía.
La casa y el departamento quedaron protegidos de cualquier venta. No quise administrar esos bienes como si fueran míos: Inés debía poder decidir sobre ellos cuando tuviera edad suficiente.
En agosto regresó a clases con apoyos de movilidad. A veces soñaba con la casa vacía y seguía en terapia psicológica. Había recuperado fuerza, aunque el cansancio aparecía sin avisar. Nadie convirtió su recuperación en una carrera.
Una tarde de octubre hicimos pan dulce con la receta de Marina. Mercedes criticó nuestra canela, la primera charola se quemó y acabamos riéndonos.