Al mediodía llegó la camioneta gris. Esteban bajó con una mujer que llevaba una carpeta y entró furioso al vernos.
—¿Quién les dio permiso de meterse aquí?
—La propiedad pertenece a Inés —contesté—. Y tu nombramiento de tutor está suspendido.
—Tú no tienes nada que ver con mi familia.
—Soy hermana de Marina. Lo acredité legalmente.
Esteban señaló a Mercedes.
—Claro. La vieja metiche. Ahora se inventaron una pariente.
—Llegaste temprano, Esteban. Dijiste que no volviera a esperarte hasta la primavera.
Inés estaba junto al sillón con su andadera. Dio dos pasos cortos, acompañada por su terapeuta, y volvió a sentarse. Esteban se quedó inmóvil.
—Inés, tú no entiendes… —empezó.
—Sí entiendo. Me dejaste allí. Te pedí que me dieras el agua y te fuiste.
—Está confundida. Siempre estuvo muy delicada. Yo hice todo lo que pude.
—Los médicos y las autoridades están revisando eso —respondí—. No voy a discutir un expediente contigo delante de ella.