EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

—¡Camila, cuidado con el refrigerador! —le gritaba.

Ella soltaba una carcajada.

—¡Mamá, tengo que aprender a controlar mis movimientos!

Después daba otra vuelta.

Y casi siempre terminaba chocando contra algo.

Yo fingía estar enojada.

Ella me abrazaba.

Y seguía bailando.

Con los años, aquella afición se convirtió en algo mucho más serio.

Camila comenzó a tomar clases de ballet a los cinco años.

Primero iba dos veces por semana.Después tres.

Más adelante empezó a participar en presentaciones.

Ahorraba el dinero que recibía en sus cumpleaños para comprar zapatillas.

Veía grabaciones de bailarinas profesionales.

Y pasaba horas practicando frente al espejo de su habitación.

Cuando cumplió quince años nos dijo que quería dedicarse profesionalmente a la danza.

Mauricio y yo sabíamos que sería un camino difícil.

No teníamos una fortuna.

Yo trabajaba como administradora en una clínica.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *