—¡Camila, cuidado con el refrigerador! —le gritaba.
Ella soltaba una carcajada.
—¡Mamá, tengo que aprender a controlar mis movimientos!
Después daba otra vuelta.
Y casi siempre terminaba chocando contra algo.
Yo fingía estar enojada.
Ella me abrazaba.
Y seguía bailando.
Con los años, aquella afición se convirtió en algo mucho más serio.
Camila comenzó a tomar clases de ballet a los cinco años.
Primero iba dos veces por semana.Después tres.
Más adelante empezó a participar en presentaciones.
Ahorraba el dinero que recibía en sus cumpleaños para comprar zapatillas.
Veía grabaciones de bailarinas profesionales.
Y pasaba horas practicando frente al espejo de su habitación.
Cuando cumplió quince años nos dijo que quería dedicarse profesionalmente a la danza.
Mauricio y yo sabíamos que sería un camino difícil.
No teníamos una fortuna.
Yo trabajaba como administradora en una clínica.