Durante 7 meses, la suegra y la cuñada explotaron a la empleada y prepararon pruebas falsas para acusarla de robo; pero una transferencia enviada por una mujer “muerta” cambió para siempre la identidad del esposo

Nunca canceló el acceso.

Los depósitos acumulados durante 10 meses ascendían a 317,450 pesos. Casi todos provenían de mujeres que enviaban conceptos como “vestido”, “mantelería”, “servicio delicado” o “entrega urgente”.

Claudia buscó los números telefónicos asociados y encontró una página en redes sociales llamada Lavandería Imperial. Prometía lavado artesanal, planchado profesional, reparación de prendas finas y recolección privada en Polanco, Del Valle y Coyoacán.

Las fotografías habían sido tomadas dentro de su casa.

En una aparecía la lavadora de Claudia. En otra se veía el mosaico azul que Rodrigo había colocado durante la remodelación. Incluso se alcanzaba a distinguir una fotografía de su boda reflejada en el cristal de una puerta.

Patricia recibía los pedidos. Ofelia administraba los pagos. Rosa realizaba todo el trabajo.

—Mi madre convirtió nuestra casa en un negocio clandestino —dijo Rodrigo—. Y lo puso a mi nombre.

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