Durante 7 meses, la suegra y la cuñada explotaron a la empleada y prepararon pruebas falsas para acusarla de robo; pero una transferencia enviada por una mujer “muerta” cambió para siempre la identidad del esposo

Después del nacimiento, Ofelia cambió las reglas. Adriana solo podía verlo como tía. Si revelaba la verdad, su padre amenazaba con denunciar al mecánico por un robo que no cometió.

—Tu padre murió sin saber dónde estabas —confesó—. Lo obligaron a marcharse.

Años más tarde, Adriana reunió pruebas del registro falso. Quiso recuperar su identidad como madre. Su padre respondió cerrándole el taller y reteniendo su dinero.

La noche del accidente, una empleada llamada Celia conducía el automóvil de Adriana para entregar vestidos. Dentro del vehículo llevaba una carpeta con copias de documentos.

—Mi padre aprovechó la confusión —explicó Adriana—. Dijo que Celia era yo. Amenazó con acusarme de provocar su muerte si reaparecía. Ofelia me convenció de irme. Prometió contarle la verdad a la familia de Celia, pero nunca lo hizo.

Adriana vivió varios años en Puebla bajo su segundo apellido. Cuando el padre de Ofelia murió, regresó en secreto para recuperar una parte de la herencia que le correspondía. Ofelia aceptó entregarle un pequeño taller con la condición de que se mantuviera lejos de Rodrigo.

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