Se acercó cuidadosamente para abrazarme sin lastimarme las costillas.
—Hola, chaparrita.
Aquella palabra terminó de romperme.
—Perdóname, hermano.
—Ya tendremos tiempo para hablar de eso. Ahora necesitamos que te recuperes.
Durante los siguientes dos días me ayudó a comunicarme con los médicos, consiguió mis medicamentos y escuchó todo lo que yo había callado durante siete años.
Le confesé que Rodrigo revisaba mis mensajes, controlaba mis compras y me había convencido de abandonar amistades.
También le conté algo que llevaba meses inquietándome.
Habían desaparecido casi 230 mil pesos de nuestra cuenta conjunta.
Rodrigo aseguró haberlos prestado a un amigo para un negocio.
Cuando pedí comprobantes, me gritó que una esposa desconfiada podía destruir cualquier matrimonio.
Tomás me recomendó consultar a una abogada.
Aquella decisión desató una tormenta.
Al cuarto día, Rodrigo entró furioso en mi habitación.
—¿Qué demonios hiciste? ¡Me dijeron que tu hermano anda aquí!