Marqué.
Colgué antes de que contestara.
Pasaron varios minutos hasta que reuní valor para intentarlo nuevamente.
—¿Bueno? —respondió una voz masculina.
—Tomás… soy Daniela.
Hubo un silencio que me pareció eterno.
Entonces escuché:
—¿Hermanita? ¿Estás bien? ¿Dónde estás?
No pude responder.
Empecé a llorar como si todos aquellos años de miedo estuvieran saliendo de golpe.
Le conté lo del accidente, mis fracturas y cómo Rodrigo me había abandonado.
Tomás no me preguntó por qué lo había rechazado.
Tampoco pronunció las palabras que más temía: «Te lo advertí».
Solamente dijo:
—Dime en qué hospital estás. Voy para allá.
—Estás en Querétaro. Son horas de camino.
—No me importa. Tú no estás sola.
Por primera vez desde el choque, conseguí dormir.
A la mañana siguiente, Tomás llegó con una mochila, un cargador para mi celular y unos calcetines suaves.