Me aconsejó conservar los mensajes y evitar regresar sola si temía una confrontación.
Esa tarde ocurrió algo inesperado.
Marisol, una antigua compañera de trabajo con la que había perdido contacto, me escribió.
«Daniela, Rodrigo me dijo que el accidente te afectó la cabeza y que estás inventando cosas sobre él. No sé qué pasa, pero si necesitas hablar, aquí estoy».
Sentí vergüenza.
Mi esposo estaba contando su versión antes de que yo pudiera salir del hospital.
Tomás leyó el mensaje y preguntó:
—¿Quieres explicarle?
Pensé durante unos segundos.
—Sí. Pero no voy a contarle toda mi vida para convencerla de que me crea.
Le respondí que estaba recuperándome, que la situación matrimonial era complicada y que prefería hablar cuando me sintiera preparada.
Marisol contestó inmediatamente:
«No tienes que explicarme nada ahora. ¿Necesitas que te lleve algo?».
Lloré al leerlo.