Regresaron empapados y se sentaron separados. Cuando Julián le alcanzó una toalla, Adrián murmuró:
—Quiero leer las demás cartas, papá.
Adrián pasó la noche allí. Antes de acostarse, acompañé a Mateo a saludarlo. El niño lo abrazó y enseguida buscó mi mano. No le exigimos elegir entre nosotros.
A la mañana siguiente Adrián me buscó en el patio.
—No sé en qué momento me convertí en alguien capaz de hacerte esto —admitió—. Mi madre me quitó a mi padre y yo estaba dispuesto a quitarle su madre a Mateo.
—Todavía puedes decidir qué clase de padre serás de ahora en adelante.
—¿Y nosotros? ¿No podemos intentarlo otra vez?
Lo miré sin odio. Eso fue lo que más me sorprendió.
—No. La infidelidad fue una decisión tuya. Amenazarme con perder a mi hijo fue otra. Que ahora entiendas el daño no significa que yo tenga que volver contigo.