Mateo cumplió quince meses. Corre detrás de una pelota, se ríe cuando oye la licuadora y llama «tata» a mi padre. Rogelio viaja desde Querétaro casi todos los fines de semana. El hombre que antes apenas sabía abrazarme ahora construye torres para que su nieto las derribe.
Hace poco encontré la carpeta azul en un cajón. Papá me había entregado una copia del pagaré ya integrado al expediente del acuerdo, junto con los documentos que probaron cómo empezó todo. Le pregunté por qué había llevado a tres abogados cuando seguramente uno habría podido orientarnos.
—Porque había tres problemas distintos —me explicó—. Y porque pensé que necesitabas escuchar, de tres voces diferentes, que todavía tenías opciones.
—Yo creí que ibas a venir por mí para llevarme de regreso a tu casa.
—Si me lo hubieras pedido, lo habría hecho. Pero esa elección era tuya.