Mi suegro se interpuso.
—¡Vuelve a tocarla y te saco de mi casa!
Pero mi esposo ni siquiera parecía escuchar.
Me miraba con una mezcla de rabia y horror.
—¿Qué hacías en el cuarto de mi padre?
Lo observé sin comprender.
Aquel hombre era el mismo que había pasado una noche entera acompañándome en urgencias cuando tuve una gastritis.
El mismo que había reparado el portón de mis padres.
El mismo que, horas antes, me había jurado amor frente a todos.
—¿Eso es lo primero que vas a preguntarme? —susurré.
Patricia aprovechó mi debilidad.
—Yo les dije que estaba comportándose muy raro. Se tomó una infusión y después vino corriendo al dormitorio de Ernesto.
—¡Mentira! —logré decir—. Daniel me sujetó mientras usted me obligaba a beber.
Mi suegra abrió los ojos.
—¡Qué vergüenza! ¡Ahora resulta que soy una criminal!