Apenas terminó nuestra boda, mi suegra apareció con una taza de una extraña infusión de hierbas de color oscuro. Me negué a beberla, pero mi esposo me sujetó con fuerza mientras ella me obligaba a tragarla. Minutos después, me encerró en el dormitorio de mi suegro. “Por favor, no se me acerque”, le dije con calma.

Mi suegro se interpuso.

—¡Vuelve a tocarla y te saco de mi casa!

Pero mi esposo ni siquiera parecía escuchar.

Me miraba con una mezcla de rabia y horror.

—¿Qué hacías en el cuarto de mi padre?

Lo observé sin comprender.

Aquel hombre era el mismo que había pasado una noche entera acompañándome en urgencias cuando tuve una gastritis.

El mismo que había reparado el portón de mis padres.

El mismo que, horas antes, me había jurado amor frente a todos.

—¿Eso es lo primero que vas a preguntarme? —susurré.

Patricia aprovechó mi debilidad.

—Yo les dije que estaba comportándose muy raro. Se tomó una infusión y después vino corriendo al dormitorio de Ernesto.

—¡Mentira! —logré decir—. Daniel me sujetó mientras usted me obligaba a beber.

Mi suegra abrió los ojos.

—¡Qué vergüenza! ¡Ahora resulta que soy una criminal!

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