Apenas terminó nuestra boda, mi suegra apareció con una taza de una extraña infusión de hierbas de color oscuro. Me negué a beberla, pero mi esposo me sujetó con fuerza mientras ella me obligaba a tragarla. Minutos después, me encerró en el dormitorio de mi suegro. “Por favor, no se me acerque”, le dije con calma.

Volcó otra silla y dejó caer una cobija.

Después gritó:

—¡Valeria, tranquilízate! ¡Aléjate de mí!

Desde el pasillo, Patricia respondió:

—¿Ya escucharon? ¡Les dije que estaba fuera de control!

Reconocí las voces de la tía Julia y del tío Miguel.

Mi suegra los había reunido para convertirlos en testigos.

—¡Daniel! —grité—. ¡Estoy aquí! ¡Ayúdame!

Escuché pasos, pero nadie abrió.

Finalmente sonaron las llaves.

La puerta comenzó a moverse.

Intenté levantarme y mis piernas cedieron.

Don Ernesto extendió una mano para impedir que cayera.

En ese instante apareció Daniel.

Nos vio juntos.

Sus ojos cambiaron.

Levantó la mano y avanzó directamente hacia mí.

PARTE 3

La bofetada fue tan fuerte que mi cabeza giró hacia un lado.

Caí contra la silla.

Durante unos segundos escuché un zumbido, como si alguien hubiera encendido una máquina dentro de mi oído.

—¡Daniel! —gritó la tía Julia—. ¿Qué estás haciendo?

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