—Siempre supiste cómo hacer que los demás me vieran como una cualquiera, Lucía.
Mi madre respiró hondo.
—Lo que hice entonces estuvo mal. Pero mi hija no va a pagar por ello.
Patricia salió furiosa.
Daniel la siguió sin despedirse.
Una semana después fui al taller de don Ernesto.
Desde la boda, él tampoco dormía en su casa. Se había instalado provisionalmente en una pequeña habitación junto al almacén.
Me recibió con una expresión agotada.
—Debí haber detenido a Patricia mucho antes —admitió.
Me explicó que llevaba años evitando conflictos para conservar la paz familiar.
Cuando su esposa humillaba a alguien, él intervenía unos minutos y luego todo continuaba igual.
Cuando Daniel cometía errores en el negocio, Patricia pagaba sus pérdidas.
Su hijo había crecido acostumbrado a que otros resolvieran sus problemas.
—Le enseñamos a evitar las consecuencias, no a enfrentarlas —reconoció Ernesto.