Al menos dejó de culpar a Paola.
—La primera vez que me prometiste un lugar seguro fue después de enterrar a tu padre —le dije—. No te pedí una casa de por vida. Te pedí tiempo para llorarlo. Fuiste tú quien me pidió vender la mía.
—Lo sé, mamá. Lo siento.
—No necesito que me lo repitas diez veces. Necesito que no vuelvas a hacerle esto a nadie.
Paola empezó a llorar. Le acerqué una servilleta, pero no la abracé. Todavía no podía.
Les expliqué que no les regalaría la casona ni les prestaría dinero para comprar otra. Tampoco volvería a mudarme con ellos. Sin embargo, no iba a usar mi fortuna para castigar a mis nietos ni a una mujer enferma que nunca me había hecho daño.
Antes de ofrecer ayuda, quise conocer a la madre de Paola. Fuimos a Los Fresnos la semana siguiente. Me presentaron a Ofelia, una mujer de setenta años que doblaba una y otra vez la misma servilleta de tela. Me preguntó si la habían llevado a su antigua escuela.