Natalia palideció. —Entonces ¿por qué Carolina sabía exactamente dónde estaba?
Esa pregunta nos llevó a revisar algo que habíamos pasado por alto. La primera vez que Carolina entró a mi departamento con la llave fue para cuidar al gato. En aquella época la caja todavía estaba en otro mueble. Meses después me ayudó a reorganizar el cuarto y estuvo presente cuando trasladé documentos al clóset.
Lorena revisó el grupo familiar y encontró una fotografía enviada por Carolina. Se veía mi caja abierta y, al fondo, parte del sobre de Elena. La fecha correspondía a una tarde en la que yo estaba trabajando.
Ya no necesitaba preguntarle si había entrado.
Cambié la cerradura y después llamé a Carolina con Lorena y Natalia presentes. Primero dijo que sólo había entrado una vez. Luego dos. Finalmente admitió tres visitas mientras yo viajaba. —Nunca robé nada. Sólo buscaba un documento.
—Entraste a mi casa sin permiso.
—Porque Natalia tenía derecho a saber qué pasó con el dinero de su mamá.
Natalia la interrumpió. —Yo nunca te pedí que entraras.
Carolina se quedó callada.
Entonces pregunté lo único que todavía no entendía: —¿Por qué estabas tan segura de que había dinero pendiente?
—Porque vi una página que tú todavía no encontraste.
Me indicó revisar el reverso del acuerdo. Había una anotación de mi padre: **“Saldo entregado a C.R. para localizar a Elena.”**
C.R.
Carolina sonrió nerviosamente cuando se lo leí.
—Eso es lo que llevo intentando explicarte.
—¿Quién es C.R.?
Lorena respondió antes que ella.
—Nuestro papá se llamaba **Carlos Ramírez**.
Carolina dejó de hablar.
Y Natalia miró a sus primas como si acabara de comprender que la persona que supuestamente estaba ayudándola a recuperar el dinero de su madre pertenecía a la misma familia que había recibido aquel saldo doce años atrás.
Parte 3:
Carlos no había recibido aquel dinero para quedárselo. Mi padre le entregó el saldo porque él era hermano de Elena y todavía mantenía contacto con ella después de que se mudó. Eran poco más de veinte mil pesos entre depósito, rentas pagadas por adelantado y reparaciones reconocidas. Carlos firmó un recibo comprometiéndose a entregárselos.
Lorena conocía una parte de la historia. Carolina conocía otra. Natalia sólo había crecido escuchando a su madre decir que nunca recuperó aquel dinero. Elena seguía viva, así que la llamamos. Confirmó que Carlos jamás se lo entregó. Durante años le aseguró que mi padre había descontado todo por daños en la vivienda.