Parte 2:
Jimena desbloqueó el teléfono y se lo entregó a la directora. Los primeros mensajes parecían normales: Salcedo preguntaba cuándo regresaría y recordaba que el cierre de calificaciones era esa semana. Después cambiaba el tono. **“Si no presentas el examen en la fecha indicada, ya sabes cuál será el resultado.”** Jimena había respondido que podía enviar el acta de defunción. Él contestó: **“No necesito pruebas. Necesito que cumplas.”** Pero el mensaje que hizo que la directora llamara al evaluador era otro: **“Podría buscar una alternativa, pero no quiero más problemas con tu grupo.”**
—¿Qué significa “más problemas”? preguntó la directora. Jimena nos miró confundida. Entonces recordó que dos meses antes había discutido con Salcedo por una calificación. En un trabajo en equipo, él le había descontado puntos por una entrega tardía aunque el archivo se había enviado dentro del horario. Jimena mostró el correo con la hora. Salcedo corrigió la nota, pero después le dijo frente a dos compañeros: —Hay estudiantes que convierten cualquier punto en un conflicto.
Aquello parecía pequeño hasta que el evaluador abrió la carpeta gruesa. No era un expediente contra Jimena. Contenía revisiones de calificaciones de varios grupos. Durante el semestre, otros alumnos habían presentado inconformidades porque Salcedo modificaba criterios, rechazaba justificantes o daba oportunidades distintas según circunstancias que no quedaban registradas. La universidad no había concluido que hubiera abuso; precisamente por eso los evaluadores estaban allí.
—¿Nosotros provocamos esto? pregunté. —No —respondió la directora—. Pero lo ocurrido hoy se incorpora a la revisión.
Salcedo fue llamado. No estuvimos presentes durante toda la conversación, pero después nos permitieron explicar nuestra decisión frente a él. Seguía molesto. Dijo que si cada tragedia personal modificaba una fecha académica, ningún calendario tendría sentido. —Yo no dije que la muerte de su madre no importara. Dije que el examen tenía fecha.
Uno de los evaluadores hizo una pregunta que lo dejó callado. —¿El reglamento le prohibía programar una evaluación extraordinaria por fallecimiento de un familiar directo? Salcedo respondió que no. —Entonces no estamos evaluando si usted obedeció una regla obligatoria. Estamos evaluando cómo utilizó una facultad que sí tenía.
Por primera vez comprendimos que el problema no era solamente que el profesor fuera “duro”. Un maestro podía exigir asistencia, fechas y evidencias. Lo que debía poder explicar era por qué aplicaba cierta decisión y si la aplicaba de manera consistente.
Después revisaron nuestros veintiocho exámenes en blanco. Salcedo quería calificarlos con cero. La directora dijo que técnicamente podía hacerlo porque nosotros habíamos decidido no responder. Nuestro representante aceptó. —Sabíamos lo que podía pasar.
Eso cambió el ambiente. Nadie estaba pidiendo que borraran las consecuencias de nuestra protesta. La universidad terminó anulando aquella aplicación porque la evaluación había quedado interrumpida por la revisión administrativa y fijó una nueva fecha para todo el grupo. Jimena tendría la suya aparte.
Creí que ahí terminaba el asunto.
Hasta que el evaluador preguntó a Jimena si Salcedo había ofrecido anteriormente “alternativas” a otros estudiantes. Ella negó saberlo, pero una compañera que nos acompañaba levantó lentamente la mano.
—A mí sí.
Contó que meses atrás faltó a una exposición porque su padre había sido hospitalizado. Salcedo le permitió recuperar puntos mediante un trabajo adicional.
—¿Presentaste comprobante? preguntó la directora.
—No. Me dijo que confiaba en mí.
Nadie habló.
Jimena sí había ofrecido comprobar la muerte de su madre y él ni siquiera quiso verlo.
Entonces la directora sacó una tabla de la carpeta. Había otros casos similares: permisos concedidos a unos estudiantes y negados a otros sin que apareciera un criterio claro.
Pero todavía faltaba algo.
Uno de los evaluadores señaló varias calificaciones y preguntó:
—Jimena, ¿tú participaste en la encuesta docente que se hizo a mitad del semestre?
Ella asintió.
—¿Escribiste algún comentario sobre el profesor?
Jimena se quedó pensando.
—Sí. Dije que cambiaba las reglas dependiendo de quién preguntara.
El evaluador intercambió una mirada con la directora.
—Esa encuesta debía ser anónima.
—¿Debía? pregunté.
Cerró la carpeta.
—Sí.
Después explicó que estaban investigando precisamente la posibilidad de que algunos comentarios estudiantiles hubieran podido ser identificados indebidamente.
Jimena palideció.
—¿Está diciendo que el profesor sabía lo que escribí?
—Todavía no estoy diciendo eso.
Pero Salcedo, sentado frente a nosotros, cometió un error.
Miró a Jimena y dijo:
—Tú llevas meses diciendo que yo tengo favoritos.
La directora levantó inmediatamente la cabeza.
Jimena jamás había dicho eso en clase.
Era casi exactamente la frase que había escrito en aquella evaluación supuestamente anónima.
EL PROFESOR DIJO QUE MI COMPAÑERA PERDERÍA EL EXAMEN