Tenía veintiún años y acababa de conseguir mi primer empleo como repartidor de paquetería en los pueblos de la sierra de Jalisco.
Mi ruta incluía ranchos aislados donde apenas vivían unas cuantas familias.
Había una casa a la que siempre llegaba antes del mediodía.
Pertenecía a don Esteban Rivas.
Tenía ochenta y cuatro años, vivía completamente solo y nunca dejaba que nadie descargara los paquetes por él.
—Mientras pueda levantar una caja, todavía sigo vivo —decía entre risas.
Siempre esperaba sentado bajo el mismo mezquite.
Firmaba los recibos con una letra impecable.
Y antes de despedirme me regalaba una mandarina de su huerto.
Nunca hablábamos mucho.
Pero jamás faltaba a la cita.
Una mañana llegué con un paquete certificado.
Golpeé la puerta.
Nadie respondió.
Pensé que habría salido.
Dejé el aviso de entrega y continué mi ruta.
Al día siguiente ocurrió lo mismo.
La camioneta vieja seguía estacionada.
Las gallinas caminaban libres por el patio.
Pero nadie abrió.
Al tercer día encontré el buzón completamente lleno.
Los periódicos seguían tirados junto al portón.
Algo no estaba bien.
Llamé al número de contacto registrado.
Contestó un hombre.
—Soy Arturo, su hijo. Mi padre está delicado. Ya no recibe visitas.
Su respuesta sonó demasiado rápida.
—¿Quiere que deje los paquetes con usted?
—No. Regresaré el fin de semana.
Colgó.
Seguí trabajando.
Pero toda la tarde recordé una frase que don Esteban repetía cada vez que hablábamos.
—Si un día dejo de salir… no le creas a nadie que diga que estoy descansando.
A la mañana siguiente tomé una decisión que podía costarme el empleo.
Abrí el portón.
Todo estaba demasiado silencioso.
La puerta principal no tenía llave.
Entré llamándolo varias veces.
La cocina estaba servida para una sola persona.
El café seguía seco dentro de la cafetera.
El reloj de pared se había detenido.
Pensé que la casa estaba vacía.
Hasta que escuché tres golpes.
Lentos.
Metálicos.
Venían desde abajo.
Seguí el sonido hasta una vieja puerta escondida detrás de un librero.
Tenía un candado por fuera.
Lo rompí con una barreta apoyada en el patio.
Cuando abrí, un olor húmedo me golpeó de frente.
Bajé las escaleras.
Allí estaba don Esteban.
Atado a una silla.
Con las muñecas llenas de marcas.
Llevaba varios días sin poder salir.
Al verme, apenas pudo levantar la cabeza.
Sacó del bolsillo una pequeña llave envuelta en un pañuelo.
La puso en mi mano.
—Escóndela…
—¿Quién hizo esto?
Respiró con dificultad.
—Mi hijo…
Sentí un escalofrío.
—Voy a llamar a una ambulancia.
Negó desesperadamente.
—Primero… abre el granero…
—¿Por qué?
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
—Porque… allí escondí… lo único que él no puede encontrar…
En ese instante escuché el ruido de un motor entrando al rancho.
Miré por la ventana del sótano.
Una camioneta negra acababa de detenerse frente a la casa.
Del asiento del conductor bajó un hombre que llevaba exactamente la misma voz del teléfono.
Y mientras caminaba hacia la puerta principal, sonrió al ver que el candado del sótano ya no estaba en su lugar.