Parte 2:
—¿Por qué no querían que Margarita entrara aquí sola? Fernanda cerró la puerta antes de responder. Dijo que el jueves había encontrado a Margarita revisando un cajón del escritorio. —Tenía papeles de Mauricio en la mano. Mauricio intervino enseguida. —Documentos de mi trabajo. Le pedimos que dejara el cuarto y desde entonces se puso rara. —¿Y por qué no me contaron? Fernanda respondió que no querían preocuparme por algo pequeño. Me sorprendió escucharla llamar pequeño a algo que ahora utilizaba para justificar la salida de una mujer que llevaba cuatro años trabajando conmigo.
Llamé a Margarita delante de ellos. Al principio no quiso volver a hablar del asunto. —Ya renuncié, doña Graciela. No quiero problemas. Le dije que no intentaba convencerla de regresar; quería entender qué había ocurrido en mi propia casa. Hubo un silencio. —Yo no estaba revisando ningún cajón. Estaba guardando ropa cuando encontré una carpeta debajo de unas camisas. La iba a poner sobre el escritorio y entonces vi mi nombre.
Mauricio se puso rojo. —Eso es mentira. Margarita continuó como si no lo hubiera escuchado. Dentro había hojas con horarios, tareas y cantidades. No era únicamente su lista de pendientes. Fernanda y Mauricio llevaban un registro de todo lo que ella hacía para ellos: lavandería, comida, limpieza del área de arriba, cuidado ocasional de los niños y hasta encargos fuera de casa. —¿Para qué? pregunté. —Eso mismo pregunté yo.
Fernanda se sentó en la cama. Finalmente confesó que Mauricio recibía de su empresa un apoyo temporal de vivienda porque había sido trasladado a Querétaro por algunos meses. El paquete incluía una cantidad mensual para alojamiento y ciertos servicios domésticos mientras encontraban una solución estable. Como estaban viviendo conmigo sin pagar renta, habían decidido ahorrar ese dinero.
—¿Y Margarita qué tiene que ver? Mi hija cerró los ojos. —Parte del apoyo podía comprobarse como servicio doméstico.
Sentí que algo se acomodaba de golpe. —¿Estaban reportando que ustedes pagaban por un servicio que pagaba yo? Mauricio negó. Dijo que no presentaban recibos falsos ni cobraban cada tarea. La empresa otorgaba una cantidad fija y pedía periódicamente una declaración de condiciones del alojamiento. Él había informado que contaban con apoyo doméstico dentro de la vivienda. —Eso es verdad. —Sí —respondí—. Pero el sueldo salía de mi bolsillo mientras ustedes duplicaban su carga sin poner un peso.
La carpeta servía para calcular cuánto costaría contratar por separado todo lo que Margarita hacía para ellos cuando finalmente se mudaran. Mauricio quería demostrar que quedarse conmigo era económicamente conveniente durante todo el periodo permitido por su empresa. Por eso había anotado tareas y precios aproximados. No estaban robando el sueldo de Margarita; estaban convirtiendo mi casa y su trabajo en parte de su presupuesto sin hablar con ninguna de las dos.
Margarita contó entonces lo del jueves. Al ver su nombre preguntó si aquellas cantidades significaban que le aumentarían el pago. Mauricio le quitó la carpeta y le dijo que sus acuerdos laborales eran conmigo, no con ellos. Después Fernanda le pidió que no volviera a entrar al cuarto si ellos no estaban. —Y al día siguiente usted me dijo que para eso me contrataba —añadió Margarita—. Ahí entendí que nadie iba a escucharme.